
POR OSCAR VIGIL / TORONTO /
Air Canada, WestJet y Air Transat anunciaron esta semana la suspensión de sus vuelos a Cuba debido a la escasez de combustible de aviación en la isla. Mientras tanto, otras aerolíneas internacionales han confirmado que mantendrán sus vuelos programados, pero ofrecen opciones flexibles de cambio de reserva y cancelación para los viajeros afectados. Algunas aerolíneas también planean paradas técnicas en países vecinos para reabastecer sus aviones.
Cuba enfrenta la crisis más grave en más de seis décadas de embargo económico estadounidense. La isla se encuentra al borde de una emergencia humanitaria impulsada por un inminente colapso energético que amenaza con desencadenar apagones prolongados en todo el país, un colapso de la salud pública, migración masiva y una profunda inestabilidad social.
A finales del mes pasado, el presidente estadounidense Donald Trump firmó una orden ejecutiva que impone aranceles a los países que suministran petróleo a Cuba, endureciendo aún más el embargo impuesto inicialmente en 1962. La medida seguramente agravará la escasez de combustible, alimentos y medicamentos que ya afecta a millones de cubanos.
Canadá no puede ignorar este momento. En virtud del derecho internacional, y en consonancia con su histórica oposición a las sanciones extraterritoriales, Canadá tiene la responsabilidad moral y legal de ayudar a prevenir un desastre humanitario que repercutirá en toda la región.
Durante más de 60 años, la postura de Canadá respecto al embargo estadounidense ha sido notablemente consistente. Sucesivos gobiernos han rechazado la política de Washington y han defendido una política exterior independiente al tiempo que han mantenido relaciones estratégicas tanto con Estados Unidos como con Cuba.
A diferencia de la mayoría de los países del hemisferio, Canadá nunca rompió relaciones diplomáticas con Cuba después de la revolución de 1959. En las décadas de 1960 y 1970, Ottawa criticó abiertamente el embargo y se resistió a los intentos de Estados Unidos de restringir el comercio de las empresas canadienses con la isla. En 1984, Canadá fue más allá al aprobar la Ley de Medidas Extraterritoriales Extranjeras (FEMA, por sus siglas en inglés) para proteger a las entidades canadienses del alcance de la legislación estadounidense contra Cuba.
A lo largo de la década de 1990, Ottawa reafirmó que medidas estadounidenses como la “Ley para la Democracia Cubana” violaban el derecho internacional e intentaban regular las actividades dentro de la jurisdicción canadiense. En las Naciones Unidas, Canadá ha votado consistentemente, con una abrumadora mayoría, a favor del fin del embargo.
Esta historia es importante. Refleja la identidad de Canadá como una auténtica potencia intermedia, que busca la autonomía, valora la diplomacia y evita la confrontación innecesaria, manteniéndose firme en sus principios.
El agravamiento de la crisis en Cuba exige una respuesta canadiense clara y proactiva. Si bien Ottawa cuenta con varias opciones concretas, la más urgente es proporcionar envíos humanitarios de productos petrolíferos refinados, como diésel y gasolina, para que la población cubana pueda seguir generando la electricidad indispensable para satisfacer las necesidades básicas del país.
El combustible es el núcleo de la crisis cubana. Sin diésel ni gasolina, los hospitales, los sistemas de agua, las redes de transporte y las cadenas de distribución de alimentos colapsarán. Canadá no está sujeto al embargo estadounidense y puede suministrar legalmente petróleo refinado bajo las protecciones de la FEMA.
Esta acción enviaría un mensaje claro: Canadá no permitirá que su política exterior sea dictada por la política interna de otro país. Y el petróleo no es solo energía; es también influencia geopolítica. Quienes lo suministran ganan influencia, forjan alianzas y ayudan a impulsar reformas. Al actuar con decisión, Canadá no solo ayudaría a evitar una catástrofe humanitaria, sino que también reforzaría su soberanía e independencia diplomática.
Además, Canadá podría implementar las siguientes medidas para apoyar a la población cubana en este momento crítico:
Presionar diplomáticamente a Estados Unidos. Canadá debería instar a Washington a revertir o moderar sus últimas sanciones y reabrir los canales diplomáticos que reduzcan el daño a los civiles. También debería alzar la voz en foros internacionales como la ONU y la OEA para reafirmar que el embargo obstruye el desarrollo y viola principios humanitarios básicos.
Ampliar la asistencia humanitaria directa. Canadá puede aumentar de inmediato los envíos de productos esenciales como leche en polvo, granos, suministros médicos y equipos para hospitales y sistemas de agua. Estos son recursos vitales, no declaraciones políticas.
Facilitar la participación económica segura y legal. Si bien Canadá no puede revocar el embargo estadounidense, sí puede ayudar a las empresas canadienses a gestionar el comercio legal con Cuba. FEMA proporciona herramientas para proteger a las empresas canadienses de la presión extraterritorial y garantizar que las transacciones legítimas puedan continuar.
La crisis de Cuba es urgente, prevenible y moralmente imposible de ignorar. Canadá cuenta con las herramientas, la historia y la credibilidad internacional para marcar una diferencia significativa. Lo que se necesita ahora es la voluntad política para actuar.
Y millones de canadienses mantienen la esperanza de que la inspiradora visión esbozada por el primer ministro Mark Carney en su reciente discurso en Davos, Suiza, se traduzca en acciones significativas y concretas. Cuba es la oportunidad de actuar ya, ayudando a prevenir una crisis humanitaria de consecuencias mayores.


