Súper egos en retirada. Harper, Ignatieff retiran amenazas veraneras de indeseables elecciones

PASTOR VALLE-GARAY / TORONTO
¡De la que se salvó Michael Ignatieff! Sin mandato alguno del votante canadiense, sin fondos para elecciones y sin el mínimo fogueo político el líder del Partido Liberal amenazó al peripatético Primer Ministro conservador Stephen Harper con echarlo del gobierno.
La fórmula es relativamente sencilla: contando con el voto del Nuevo Partido Demócrata y del Bloque Québec, los liberales votarían en contra del último reporte presupuestal del mandarín Harper. Caería el Parlamento. La Gobernadora General se vería obligada a llamar a elecciones federales.
A todo esto, Canadá bostezó de mala gana. De mal humor. De aburrimiento. De desconfianza por la cínica desfachatez manifestada por los legisladores en el diario pleito de perros de lo que pasa por intercambio parlamentario en Ottawa.

Aparte de la sencillez de la fórmula, y quizás por ello, el voto de no confianza auspiciado por Ignatieff rápidamente derivó en un anunciado fracaso político a nivel personal. Calculó mal el líder liberal. Afortunadamente para él, Ignatieff recapacitó rápidamente al caer en la cuenta que Canadá no quería elecciones y que de provocarlas Harper las ganaría en menos tiempo de lo que canta un gallo esencialmente porque Ignatieff es un personaje desconocido en el ámbito político canadiense y porque el partido liberal no dispone de suficientes fondos para montar una campaña contra la bien engrasada maquinaria política de Harper.    

¿Cómo así? Primero porque de acuerdo con los sondeos nacionales un 80% de la población decididamente estaba en contra de la elección. Segundo porque ni el más insensato de los canadienses acudiría a las urnas en el verano. Tercero porque ya hubo elecciones hace escasos ocho meses. Cuarto porque en medio de la peor crisis económica nacional desde la Segunda Guerra Mundial no hay modo de justificar los millones de dólares que gastarían los candidatos para asegurarse un jugoso empleo por los próximos cuatro o cinco años.

Faltando cuatro días para suspenderse las sesiones del Parlamento, y escasas horas para que los legisladores abandonaran Ottawa en aras de continuar auto promoviéndose entre sus constituyentes en el circuito de las barbacoas políticas de verano, Ignatieff intentó implementar el consabido truco de jalar la alfombra por debajo de los pies de los conservadores demandando una encuentro con Harper para “resolver” las inequidades en la política de seguro de (des)empleo.

Ni corto ni perezoso Harper aceptó el miércoles 18 de junio la “invitación” de Ignatieff. Con una ventana de 48 horas antes de emprender el vuelo a sus respectivas casas, los flamantes líderes decidieron reunirse. ¡Abracadabra! En cuestión de minutos llegaron a una salomónica decisión. Típicamente canadiense. Típicamente cínica. Intolerablemente inútil. Aún así queda en tela de juicio la inteligencia y la buena voluntad de ambos.

¿Cómo es posible que con todos los recursos económicos y humanos a su disposición  y con las patentes señas de una población obviamente en crisis los líderes hayan esperado hasta el último minuto del penúltimo día antes de recetarse vacaciones de tres meses para llegar a un acuerdo que bien pudiesen haber martillado de sobra en los varios meses que le precedieron?  

Y una vez reunidos ¿qué decidieron Harper y Ignatieff en el sobaco de la confianza? Nada más y nada menos que convocar un grupo de trabajo. Seis burócratas estudiarían el caso. Reportarían los resultados en septiembre. De no sentirse satisfecho, Ignatieff se reserva el derecho de tumbar al gobierno. En otras palabras, el acuerdo entre los líderes equivale a un esparadrapo en la yugular del paciente que se desangra. Los cirujanos han pospuesto lo inevitable: elecciones en noviembre, tan detestables e innecesarias como la malograda propuesta de elección en el verano.

La salomónica medida tiene otro propósito: ambos líderes disponen de más tiempo para planificar estrategia electoral, convencer al público de donar el poco dinero disponible para enriquecer los cofres del partido y comenzar la campaña de insultos radiales y televisados en preparación a la impostergable elección federal.  

La ridícula confrontación entre los dos líderes ha servido un propósito. Desnuda ante el contribuyente los motivos de los dos prepotentes súper egos. Están más interesados en promover sus respectivas carreras políticas que en trabajar asiduamente por el bienestar de una nación al borde del caos económico.

Deja entrever también por qué sus colegas en la legislatura manifiestan similar y chocante falta de respeto a la oficina que representan y a la nación que los eligió en primer lugar. Haciendo caso omiso de la crisis económica, los parlamentarios imitan al líder. Bufones amaestrados. Durante el período diario de preguntas, cada hijo de su madre insolentemente ignora que está en la legislatura por obra, gracia y sueldo del contribuyente. En vez de relucir con  oratoria civilizada, se dedican a vociferar tales sandeces y tan aberrante conducta que dan asco. Ningún padre de familia o maestro de primaria permitiría semejante vocabulario o falta de respeto en el hogar o en la escuela.

Inexplicablemente nuestros parlamentarios se consideran personajes privilegiados. Abandonando la triste realidad del desbarajuste en los beneficios de (des)empleo e imitando a sus amos políticos, los parlamentarios dan fe de vulgar comportamiento ante las cámaras de la televisión del recinto. Matan el tiempo en trivialidades o rebuznando insultos a diestra y siniestra cual insolentes matones divirtiéndose con sus jugarretas políticas a costillas del contribuyente. Más temprano que tarde se hunde el barco de la nación. Se escabullen campante las ratas a la comodidad de sus hogares. Luego, con mal disimulada hipocresía, se quejarán de la indiferencia, del cinismo y de la apatía del electorado. Le llaman democracia. ¿Cuál desempleo? Aquí no pasó nada. ¡Surreal!      

Por ahora la astucia del autoritario Harper le ganó la partida a la desmedida ambición del novato Ignatieff. Lamentablemente ninguno merece la confianza del votante. Lamentablemente también no se vislumbran alternativas políticas en el horizonte. El  electorado no tendrá más remedio que ejercer la única opción disponible: abstenerse de asistir a las urnas. En el verano. En el otoño. Entre tanto, la nación y el desempleo siguen al garete. Como de costumbre. De esto no hay elecciones ni líder que nos rescate. La única entidad que no cobra desempleo es el Parlamento. ¡Linda manera de ganarse la vida! ¡Solo en Canadá, eh!   

*Senior Scholar, Universidad de York

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