ISRAEL-PALESTINA: Crece tensión en Jerusalén oriental

HELENA COBBAN / JERUSALÉN /
Mientras las llamas de la miseria humana continúan ardiendo en Gaza, la situación en Jerusalén oriental mantiene su potencial explosivo para Medio Oriente y más allá de la región.
La condición estatutaria de la ciudad a largo plazo es un tema de importancia primordial para los palestinos, para los israelíes y para los simpatizantes que ambos bandos tienen en todo el mundo.

La tensión relacionada con Jerusalén ha desatado varias oleadas de violencia entre los dos pueblos. Una de ellas en 1997, cuando el entonces primer ministro Benjamín Netanyahu, quien asumirá el mismo cargo en breve, inauguró las obras del asentamiento judío de Har Jomá en el este de la ciudad.

En septiembre de 2000, la visita del entonces líder opositor Ariel Sharon al área conocida por los judíos como Monte del Templo y por los musulmanes como Explanada de las Mezquitas –acompañado por un millar de guardias de seguridad– disparó la segunda Intifada (revuelta popular palestina contra la ocupación israelí).

Ahora, pacifistas de los dos pueblos advierten que las provocaciones de colonos judíos en Jerusalén, con apoyo del gobierno israelí, podrían desatar otra seria escalada.

Unos 220.000 palestinos viven en Jerusalén oriental, que hasta la Guerra de los Seis Días de 1967 era el centro comercial y administrativo de Cisjordania.

Desde que ese año Israel ocupó la ciudad, sucesivos gobiernos han implantado vastos (y costosos) asentamientos israelíes en la ciudad, cuyas fronteras también expandieron unilateralmente.

Unos 200.000 colonos israelíes viven hoy en esos asentamientos, que rodean al centro de la ciudad, poblado por palestinos. Desde hace algunos años, simpatizantes de los colonos –financiados por donantes estadounidenses– también han construido redes de puestos militares para proteger los asentamientos en medio de territorio palestino.

Dos áreas de preocupación son ahora Silwan y Sheikh Jarrah.

En el primero, la municipalidad de Jerusalén emitió la orden de demolición de 88 viviendas palestinas para instalar allí un parque temático sobre la historia judía.

El segundo, una enorme fuerza policial armada desalojó a las 3.30 de una madrugada de noviembre a una pareja de ancianos para que un grupo de colonos pudiera mudarse.

El hombre, Abu Kamel al-Kurd, padecía una enfermedad crónica. Él y su esposa, Um Kamel, se mudaron a una tienda de campaña en un predio de cercanías. Pocos días después, Abu Kamel falleció de un ataque cardiaco. Um Kamel sigue viviendo en la tienda, en medio del frío y las tormentas.

La anciana se propone permanecer allí hasta que le devuelvan su hogar, en una actitud que convoca a la resistencia no violenta frente los planes de Israel de continuar colonizando Jerusalén oriental.

La policía israelí desmanteló su tienda seis veces, la última el 23 de febrero. Pero en cada ocasión quienes la apoyan –entre ellos palestinos islamistas y seculares– la han vuelto a levantar.

Tiendas como la de Um Kamel se han convertido en un recordatorio de todos los palestinos expulsados de sus hogares desde 1948, cuando unos 750.000 fueron desalojados o huyeron de sus casas del territorio que se convirtió en el Estado de Israel.

A ninguno se le permitió volver, pese a resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que así lo exigieron.

Muchos palestinos desplazados en Gaza –la mayoría de ellos descendientes de los refugiados de 1948– han vuelto a vivir en tiendas de campaña en los últimos tiempos.

Los palestinos del asentamiento jerosolimitano de Silwan manifiestan contra la orden de desalojo, que afectará a unos 1.500 familiares, y también han instalado una tienda como punto central de su protesta.

“Nos han obligado a vivir en tiendas. Pero no queremos tiendas ni donaciones… Todo lo que queremos es respeto por nuestros derechos. Nadie puede pasar por encima del derecho de otros como los israelíes hacen con nosotros… Judíos, cristianos y musulmanes necesitamos vivir juntos aquí, en Palestina, en paz e igualdad”, dijo Um Kamel a IPS.

Los palestinos de Jerusalén oriental han vivido muchas décadas en situación precaria. A fines de junio de 1967, los nuevos ocupantes israelíes de la ciudad expandieron las fronteras municipales y declararon que desde entonces la ley israelí se aplicaría directamente a la ciudad.

En 1980, la Knesset (asamblea legislativa) aprobó la ley de anexión, ilegal según el derecho internacional.

Pero Estados Unidos nunca protestó mucho por esa ley. De hecho, funcionarios del gobierno estadounidense están involucrados en complejos ejercicios verbales para evitar el reconocimiento de Jerusalén oriental como territorio ocupado.

Esto significa que todos los asentamientos israelíes allí son ilegales, y que los residentes palestinos originarios de la ciudad deberían recibir todas las protecciones especificadas en la cuarta Convención de Ginebra.

La secretaria de Estado (canciller) de Estados Unidos, Hillary Clinton, declaró el día 4 que los planes de Israel de demoler las casas en Silwan eran “de poca ayuda”, y una violación del plan de paz respaldado por Estados Unidos.

La situación de los palestinos ha empeorado progresivamente. Casi inmediatamente después de firmados los Acuerdos de Oslo de 1993, las autoridades israelíes establecieron controles carreteros y otras medidas que aislaron a los palestinos jerosolimitanos de sus compatriotas y familiares de otras partes de Cisjordania.

Mientras, a los palestinos de otras localidades cisjordanas se les prohibió ingresar a Jerusalén oriental, y muchas las instituciones otrora florecientes de la ciudad –como escuelas, hospitales y editoriales– comenzaron a decaer.

Hasta 1993, Jerusalén oriental fue el centro nacional de la política palestina. Luego que Yasser Arafat (1929-2004) volvió a Cisjordania para establecer la nueva Autoridad Nacional Palestina (ANP), mandatada por los Acuerdos de Oslo, fue forzado a instalarla en Ramalah, no en Jerusalén.

Los israelíes impidieron que la ANP ubicara ninguna de sus instituciones en Jerusalén oriental y los palestinos que vivían allí fueron sometidos a creciente presión para abandonar su ciudad ancestral.

Luego de Oslo, sucesivos gobiernos israelíes también aceleraron la construcción de nuevos asentamientos judíos dentro de la ciudad. Har Jomá, iniciado por Netanyahu en 1997, ahora tiene más de 6.000 residentes y vastos proyectos adicionales de construcción están en curso allí y en el cercano Guiló.

En 2001, tras el inicio de la segunda Intifada, el entonces primer ministro israelí Ariel Sharón comenzó a consolidar la separación de Jerusalén de Cisjordania construyendo muros de hormigón de unos nueve metros de altura, salpicados por torres de vigilancia cilíndricas que ahora serpentean en torno a las áreas edificadas de la ciudad. Y, a veces, atravesándolas caprichosamente.

Los palestinos de Jerusalén siempre se negaron a adoptar la ciudadanía israelí, alegando que hacerlo equivaldría a aprobar los reclamos de Israel sobre toda la ciudad.

Sin ciudadanía y el poder de voto que ésta conllevaría, han sufrido serias discriminaciones en todos los ámbitos, incluida la provisión se servicios municipales básicos. Además, su voz está excluida de los procesos de planificación urbana.

Palestinos reciben regularmente órdenes de desalojo de casas construidas mucho antes de 1967 o edificadas desde entonces y cuyos dueños no realizaron el engorroso y caro proceso de obtener todos los permisos requeridos.

Mientras, la mayoría de los constructores judíos reciben un fuerte apoyo financiero y administrativo para sus proyectos.

En las últimas semanas, simpatizantes de los colonos de Silwan y Sheikh Jarrah recibieron fuerte apoyo de la municipalidad –dominada por la derecha– para una escalada en sus actividades.

La municipalidad también intensificó la demolición de viviendas palestinas “ilegales” en muchas partes de la ciudad, a un ritmo de dos o tres por semana.

Con Netanyahu a punto de volver a ser primer ministro, la escena parece estar lista para mayores enfrentamientos en esta ciudad tan cara para millones de creyentes de todo el mundo.

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