Dos íconos y un 50 Aniversario: Fidel, Alicia: Símbolos vivientes del espíritu revolucionario

PASTOR VALLE-GARAY / TORONTO /
En el recinto Winters de la Universidad de York, entre estudiantes y Facultad, se congregaban unas 500 personas. Era un público de todas las edades. De todos los colores multiculturales característicos de Canadá. De diversas disciplinas y rangos académicos.  
Salvo algunas excepciones, ninguno de los presentes jamás había conocido a la distinguida visitante. La mayoría habría nacido mucho tiempo después de protagonizar su último, magistral papel en Giselle. En esta ocasión la diva cubana regresaba a tierra canadiense después de 37 años de ausencia. Definitivamente sería un puñado los que la habrían visto en esa ocasión.     

Sin embargo todos sabían por qué estaban ahí. Sentados en absoluto silencio anticipaban su entrada al podio con sobrecogedora reverencia. De la que se guarda en las grandes catedrales. De la que se reserva para personajes de la realeza. De la que ocurre en eventos trascendentales. No defraudó. La invitada llegó en punto a la cita.  Tomó asiento y dictó una cautivante conferencia magistral.   

Alicia Alonso, Prima Ballerina Assoluta, Directora Artística y Fundadora del Ballet Nacional de Cuba, entró al salón de la mano de su esposo Pedro Ramón, Director del Museo Nacional de la Danza en La Habana. Caminaba a paso lento. Elegante. Seguro. Sereno. El tradicional pañolón le cubría el cabello. Una sonrisa de megavatios iluminaba la escena. Su bello rostro y sus elegantes, expresivas manos maravillosamente reflejaban el orgullo, la sencillez y la dignidad de un pueblo.    

Michael Crabb, renombrado crítico de arte y amigo personal de la artista, intentó presentarla. No fue necesario. Michael apenas pudo exclamar “¡Alicia …!” . El resto de la introducción quedó en el aire. La multitud se puso en pie. Silbidos de júbilo rompieron el silencio. Delirante ovación resonaría simultánea, ensordecedoramente en las paredes del salón. Por varios minutos, el prolongado aplauso del público la acogería en su seno con incondicional cariño. Asombrosa bienvenida. Mágica. Merecida.  

Un día después la escena volvería a ocurrir en el teatro de la Escuela Nacional de Ballet en Toronto. Más de 300 estudiantes, entre los 12 a 17 años de edad, la recibieron con el entusiasta aplauso y gritos de júbilo generalmente reservados para los ídolos del rock.

Igual respondería el público en general de Hamilton al concluir cada actuación del Ballet Nacional de Cuba en el teatro Hamilton Place. Noche a noche, al caer el telón, miles de personas ovacionarían a Alicia y a los bailarines. En otra oportunidad también la aclamarían los destacados patrones del arte, primas ballerinas canadienses, personajes académicos y políticos, diplomáticos cubanos y periodistas invitados a Una Noche de Elegancia, la exquisita cena en honor de Alicia ofrecida en la suntuosa mansión de Frank y Lea Silvestre en Ancaster, Ontario.  

Que semejante acogida, calurosa y familiar, ocurra en Cuba, se entiende. Es su isla. Sin embargo ¿cómo explicar el fenomenal recibimiento de Alicia  y de otros grandes valores cubanos en Canadá al filo del 50 aniversario de la revolución?

No es difícil. Por una parte, Canadá y Cuba han mantenido ininterumpidas, respetuosas y cordiales relaciones diplomáticas, comerciales, culturales y turísticas por más de 60 años. De funcionario a funcionario. De individuo a individuo. De pueblo a pueblo.

Por otra parte, el canadiense se solidariza incondicionalmente con los triunfos del  pueblo cubano en la lucha desigual contra el imperio; admira sus extraordinarios avances en las artes, en las ciencias, en la educación y en la salud y la capacidad cubana no solo de sobreponerse heroicamente a desastres naturales sino de construir una sociedad, generosa y libre de prejuicios. De ahí el acercamiento a Cuba de los 700 mil canadienses que la visitan cada año. De ahí el gran cariño por Alicia.

En cuanto a los rumbos de Fidel y Alicia, existe un innegable paralelo entre ambos desde los inicios de la revolución hace 50 gloriosos años. Comenzando cada quien en su campo ambos se entregaron por entero a proyectos de desarrollo y de enriquecimiento humano que impactarían permanentemente a Cuba y al mundo. A fuerza de sacrificios, de visión, de amor a Cuba y de inclaudicable determinación ambos lograron su cometido.

Hace 50 años ambos germinaron simultáneamente el diseño de una sociedad única. Fidel, sin duda el más dinámico líder en la historia moderna, forjó una revolución que iniciaría  prometedor futuro para la nación, sentó los parámetros a seguir en el movimiento socialista y capturó la imaginación, la admiración y el respeto de la comunidad internacional.

Alicia, apoyada por la triunfante revolución, aceptó el reto de crear, impulsar y dirigir el Ballet Nacional de Cuba. La ardua tarea dio frutos. Cosechó éxitos. Uno tras otro las actuaciones del BNC demostraron que, a pesar de numerosos obstáculos, en la Cuba revolucionaria nada era imposible. El profesionalismo, la creatividad y los méritos artísticos de la innovadora compañía y de su fundadora le han merecido apoteósicos recibimientos en los más distinguidos y fastidiosos escenarios. En cada actuación ondea orgullosa la bandera de Cuba. Con cada ovación el BCN reafirma su simbólica posición como el más reconocido emblema de los logros revolucionarios. El público y la crítica universal concurren en que el BNC es uno de los cinco mejores elencos en la historia del ballet.

Hoy Fidel y Alicia, en un mano a mano de compañeros entrañables, bien merecen compartir y disfrutar de la celebración del 50 aniversario, de echar la mirada atrás y visitar con suma satisfacción el legado de medio siglo de los extraordinarios avances que ambos iniciaron y que continúan en marcha en Cuba y en el exterior.

¿Lo celebra el mundo? ¡Por supuesto! Sencillamente, porque Fidel es universal. Porque Alicia es universal. Porque sin pretensión alguna ni falsa modestia, ambos se han convertido en símbolos vivientes del espíritu revolucionario.

Recientemente alguien me dijo que en Cuba solamente hay dos personas a quienes todo mundo les llama, con familiar cariño, por su primer nombre, Fidel y Alicia.

Intrigante idea. La pensé bien. Hice un recuento de la bienvenida brindada a Alicia en Canadá, en sus actuaciones en Cuba y en escenarios internacionales. Recordé la preocupación en todos los sectores del mundo por la salud de Fidel. Pensé en los amplios reportajes en los medios de comunicación y en las muestras de la solidaridad internacional en el 50 Aniversario. Reconocí que estas líneas eran un más entre tantas manifestaciones. Llegué a la conclusión de que mi interlocutor tenía razón. Fidel y Alicia siempre serán simple, sencillamente Fidel y Alicia. Pero no solo en Cuba. No solo en Cuba. Ambos se convertido en un patrimonio permanente de la humanidad.

*Senior Scholar, Universidad de York

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